Isonomía (igualdad de pares), democracia y la toma de decisiones

LA GRAN INVENCIÓN GRIEGA

Bayeux_Tapestry_WillelmDux¿Recuerdas el canto segundo de la Ilíada? Aquiles, los más temibles de los guerreros griegos, se enfada Agamenón y abandona el combate: ¡largo combate, porque los griegos llevan los diez años citando la bien amarillada ciudad de Troya! Los diversos jefes de las tropas aqueas se reúnen para discutir lo que deben hacer en la nueva situación que se les presenta: ¿abandonar el asedio y volver a casa? ¿Atacar a tumba abierta, aun sin contar con las ayuda del enojado Aquiles? Cada una de las posturas tiene partidarios y detractores. También entre los guerreros dela tropa se oyen voces discrepantes, quizá incluso hay conatos de rebelión, como el encabezado por Tersites, un simple hombre del pueblo que ya está harto de los abusos y caprichos del rey Agamenón. Tersites es partidario de volver a Grecia y dejar en el campo de batalla al orgulloso Agamenón, solo con todo su botín a las puertas de Troya: ¡a ver cómo se las arregla sin ayuda, el, se considera tan superior a todos los demás! Pero Ulises interviene y le hace callar sin contemplaciones, a Tersites y a todos los restantes hombres del pueblo que intentan meter baza en el debate de los reyes. ¡ a callar, que no todo el mundo puede ser ley! Los que han nacido para obedecer no deben entrometerse en las deliberaciones de los que nacieron para mandar. Y el pobre Tersites (Homero insiste mucho en que era muy feo y medio jorobado, para que se más evidente aun su atrevimiento al intentar dar lecciones a los más hermosos y fuertes de los príncipes) termina llorando en un rincón, con un enorme chichón producido por el porrazo que el ley Ulises se ha atizado con su cetro…

Supongo que si te digo que en estas escena de la Ilíada lo que en el fondo está contando homero son los albores de democracia pensaras que te estoy tomando el pelo y sin embargo me parece que es de eso precisamente de lo que se trata. Los reyes y príncipes de cada uno de los pueblos griegos aliados contra Troya habían llegado al trono porque caminos habituales de los que hemos hablado en el capítulo anterior: destacaban por su fuerza o por su astucia y provenían de familias a las que por derecho de sangre (¡si es los espermatozoides pueden dar << derecho >> a largo en política!) correspondía el mando. Cuando se encontraron embargados en la guerra contra Troya, cada cual se sintió igual a los demás héroes, aunque aceptaron como jefe a Agamenón, tanto por razones militar como porque la expedición de había convocado para recuperar a su cuñada helena, esposa poco fiable de su hermano manéalo, pero en cuanto Agamenón se extralimito en sus privilegios de jefe ocasional y ofendió a uno de sus iguales, al héroe Aquiles, se montó un pollo de mucho cuidado. Cuando los jefes aqueos se pusieron a discutir, nadie dudaba que a fin de cuentas se haría lo que decidiera la mayoría; y que si la mayoría decidía que darse pero algunos preferían irse, nadie, se lo iba impedir. Es posible Ulises abogado para que se obedeciera a Agamenón como autoridad única, pero siempre por razones de utilidad circunstancial, no porque creyese que el fiero atrida tenía algún derecho genealógico o divino para imponerse como jefe. La opinión, sensata como casi siempre, de Ulises era que más valía obedecer que uno de solo para enfrentar el peligro ante que se hallaban que dar muestras de división y rencillas en las mismísimas narices del enemigo. De igual forma, Aquiles se había retirado del combate cuando se cabro y nadie se había retirado del combate cuando se cabreo y nadie tenía autoridad suficiente para ofender volver a la guerra (por favor, no vas a creer que Aquiles eta algo así como un insumiso de aquellos tiempos, que ninguno fue menos pacifistas que el…).

En resumen, los jefes aqueos se consideraban como iguales, discutían y decidían entre iguales hablan como iguales, discutían y decidían entre iguales (aunque algunos fueran más influyentes o más respetados que otros, por lo bien que argumentaban o por la mucha experiencia que tenía) y no admitían un jefe supremo más que en tanto les convenía y solo mientras se comportase de modo aceptable. ¿Y los soldados de a pie? ¿Y la gente del pueblo? Pues a esos, ni caso: ¡ya ves lo que le paso al pobre teresitas, ese protomártir de la libertad de expresión, por querer hacerme el gallito! Baya gracias, me dirías: ¿de dónde me saco yo que había algo de democracia en semejante abuso de los poderosos? Tu santa indignación (como la de quienes rechazan la democracia de los atenienses porque tenían esclavos, tema del que luego hablaremos) demuestra lo arraigado que tenemos ya el principio de que todos los individuos deben tener por igual voz y voto en las cuestiones de organización política, sea cual fuese su clase social, su familia, su sexo, etc… ¡Ah, pero eso que te parece a ti tan evidente una idea revolucionaria, nueva verdaderamente subversiva! Una idea a la que no se llegó de golpe sino a base de sucesivo pasitos históricos, algunos separados entre sí por siglo enteros. Una idea a cuyas más radicales implicaciones a lo mejor ni siquiera hoy hemos llegado todavía… En este largo proceso, el primer paso fue el más difícil el que más mérito y audacia tuvo dar. Y también el que exigió cierta locura entre quienes se atrevieron a darlo. Afortunadamente, los griegos estaban un poco locos y de su genial locura nos alimentamos todavía nosotros. Afortunadamente…

Vamos a ver. No hay nada de evidente en eso de que los hombres son iguales. Más bien todo lo contrario: ¡lo evidente es que los hombres son radicalmente distintos unos a otros! Los hay cobardes y débiles pero valientes, guapos, feos, altos, bajos, rápidos, lentos, listos, bobos… por no hablar de que unos son niños, otros adultos y otros viejos, o que unos son mujeres y los demás hombres. De las diferencias de raza, lengua, cultura, etc…, no hablaremos por el momento para no liar las cosas demasiado desde el principio. Lo que quiero señalarte es que lo que salta a la vista no es la igualdad entre los hombres, sino su desigualdad o, mejor, sus diversas desigualdades según el aspecto de su físico o de su conducta que prefiramos considerar. Las primeras organizaciones sociales partieron como es lógico de esas distinciones tan evidentes entre unos y otros. Las diferencias se aprovecharon en beneficio del grupo: que el mejor cazador dirija la caza, que el más fuerte y caliente organice el combate, que el de mayor experiencia aconseje cómo comportarse en tal o cual circunstancia, etc… Lo importante era que el grupo funcionase del modo más eficaz posible. Más adelante, cuando los grupos se hicieron mayores y las diversas actividades dentro de ellos más complicadas, las desigualdades entre los hombres ya no dependieron solamente de las aptitudes de los individuos, sino también de su linaje familiar y de sus posesiones. Los hombres se hicieron desiguales no sólo por lo que eran, sino también por lo que tenían. Y lo más importante: las desigualdades se hicieron hereditarias. Los hijos de los reyes fueron reyes, los hijos de ricos nacían también ya ricos y el que tenía padres esclavos no podía aspirar a nada mejor que la esclavitud. Quedó establecido que unos venían al mundo para mandar y otros para obedecer. Se promulgaron leyes: las hacían los que mandaban para los que obedecían. Por tanto, no eran obligatorias para el que mandaba sino solo para el que debía obedecer. La jerarquía social se justificaba por mitos y creencias religiosas, administradas por los sacerdotes (como te dije antes, los reyes más listos se proclamaron también sumos sacerdotes, para ahorrar trámites y no tener competencia en su mando).

En los grupos sociales pequeños y más primitivos solía ser la naturaleza (que nos hace a unos fuertes y a otros débiles, a unos lentos y a otros rápidos, etc…) la que determinaba la jerarquía política; en las sociedades mayores fue la teología la que sirvió para justificar la existencia de castas diferentes entre los miembros del conjunto. La naturaleza, los dioses: ni con la una ni con los otros es fácil discutir, porque no suelen admitir objeciones. Los griegos, por supuesto, se sometieron también en sus comienzos a este mismo tipo de autoridades inapelables. También los griegos se daban cuenta, como cualquiera, de las enormes diferencias naturales o heredadas que se dan entre los hombres. Pero poco a poco se les empezó a ocurrir una idea algo rara: los individuos se parecen entre sí más allá de sus diferencias, porque todos hablan, todo pueden pensar sobre lo que quieren o lo que les conviene, todos son capaces de inventar algo o de rechazar algo inventado por otro… explicando por qué lo inventan o por qué lo rechazar algo invento por otro… explicando por qué lo inventan no por que rechazan. Los griegos sintieron pasión por lo humano, por su capacidades por su energía constructiva (¡y destructora!) por su astucia y sus virtudes…. Hasta por sus vicios. Otros pueblos se pasmaron ante los prodigios de la naturaleza o cantaban la gloria misteriosa de los dioses; pero Sófocles resumió la unión de sus compatriotas al escribir en una de sus trabajos . Por ello los griegos inventaron la polis, la comunidad ciudadana en cuyo es espacio oficial, antropocéntrico, no gobierna la necesidad de la naturaleza ni la voluntad enigmática de los dioses sino la libertad del hombre, es decir: su capacidad de razón de discutir, de elegir y de revocar dirigentes, de crear pronto más y de plantear soluciones. El hombre por el que ahora conocemos ese invento griego, el más revolucionario políticamente hablando que nunca se haya dado en la historia humana, es democracia.

La democracia griega estaba sometido al principio de isonomía: es decir, las mismas leyes regían para todos, pobres o ricos, de buena cuna o hijos de padres humildes, listos o tontos. Sobre todo, las leyes eran: inventadas por los mismas que debían someterse a ellas: había que tener cuidado en la asamblea con no aprobar leyes malas, porque uno podría ser su primera víctima… nadie estaba en la ciudad por encima de la ley y la ley (la misma ley) tenía que ser obedecida por todo. Pero la ley no provenía de nada más elevado que los hombres, no era la orden irrevocable dada por los dioses o los antepasados míticos, sino que la asamblea de los ciudadanos (todos ellos políticos, es decir, administradores de su polis) era su origen y por tanto podría modificarla o abolirla si la mayoría le perecía conveniente. Tan en serio se tomaban los antiguos atenienses la igualdad política de los ciudadanos, y tan convenidos están que su obediencia se debía solo a las leyes y no a personas, por que fuesen (no aceptaban especialistas en mandar)… ¡que la mayoría de las magistraturas y otros cargos públicos de la polis se decidían por sorteo! Como todos los ciudadanos eran iguales, como ninguno podía negarse a cumplir sus obligaciones políticas con la comunidad (todo el mundo participaban en las decisiones y podría llegar a ocupar puestos de autoridad, pero era obligatorio decidir y mandar llegado el caso), echar a suertes los cargos políticos parecía a los griegos la mejor de las soluciones.

¿Isonomía? ¿La misma ley para todos? ¿Igualdad política? Ya te estoy oyendo protestar. ¡Cómo iba a ser verdadera esa igualdad, si tenían esclavos! En efecto, los esclavos no participaban en la vida política griega. Ni tampoco las mujeres (que, por cierto tuvieron que esperar nada menos que veintiséis siglos, hasta ayer como quien dice, para tener plenos derechos políticos … salvo en los países islámicos, donde siguen esperando). Tiene razón en tu protesta, pero no olvides que desde aquella lejana Grecia ha pasado muchos cientos de años y se han revisado muchas creencias. Los pioneros atenienses nunca sostuvieron que todos los seres humanos tienen derechos políticos iguales: lo que inventaron y establecieron es que todos los ciudadanos atenienses tenían derechos políticos iguales. Y sabían que no todo cierta edad, no esclavo, nacido en la polis, etc… Pero todos los que reunían esos requisitos eran políticamente iguales. Te aseguro que el cambio de mentalidad ya es bastante revolucionario para lo que entonces en Persia, Egipto, china o en el México de los aztecas. Lo de que todos los seres humanos iguales (al menos ante dios) vino más tarde, por influencia de los estoicos, epicúreos, cínicos, cristianos y otras sectas subversivas. Aun así, tuvieron que pasar casi dos mil años para que se aboliera la esclavitud, para que las mujeres pudiesen votar y ser elegidas para cargos gubernamentales, para que una asamblea mundial de naciones aprobara una declaración universal de derechos humanos. Si aquellos viejos griegos no hubieran dado el primer paso, el decisivo, probablemente ahora tú no te indignaras ante las desigualdades que consistieron en su polis… ¡ni abre las que aún se dan entre nosotros, tanto tiempo después!

No pretendo idealizar la organización política ateniense ni sugerir que aquello era el paraíso y que el infierno vino después. Al contrario: la democracia nació entre conflictos y sirvió para aumentarlos en lugar de resolverlos. Desde un comienzo se vio que cuanta más libertad menos tranquilidad: que tomar una decisión entre muchos es más complicado que dejar que la tome uno solo y que no hay ninguna garantía de que el acierto sea mayor. En su más remoto origen, el método democrático a la griega debió de parecerse Homero en la Ilíada. Solo los valientes (es decir, los que han probado que valen) eran reconocidos como iguales por la asamblea de los mejores. Pero es ese distinguido grupo el poder ya no viene de los cielos ni de la sangre o la riqueza, sino que brota de la decisión unánime del conjunto. En los reinos como egipcio o el persa, el sistema político es algo parecido a una pirámide: el faraón o el gran rey ocupan el vértice guerreros, los grandes comerciantes, etc… hasta llagara a la base, ocupada por el pueblo llano poder se irradiaba desde arriba hacia abajo, hasta llegar a los que reciban ordenes de todo el mundo y no podría dárselas a nadie, los cuales eran precisamente la gran mayoría de la población. En cambio, el poder político entre los griegos se parecían más bien a un círculo: en la asamblea todos se sentaban equidistantes de un centro en la asamblea todos se sentaban equidistantes de un centro en donde simbólicamente estaba el poder decisorio. Esto mesón. Decían ellos: o sea, en el medio. Cada cual podría tomar la palabra y opinar sosteniendo mientras tanto una especie de cetro que indicaba su derecho a hablar sin ser interrumpido. En los otros reinos, los pirámides, solo el rey tenia cetro y poder decisorio, entre los griegos, el cetro era romántico a lo largo de la asamblea circular y las decisiones se tomaban después de haber oído a todo en que tenía algo que decir. Claro que ese círculo democrático debido de ser bastante excluyente aristocrático: ¡que se lo digan al plebeyo Tersites, al que Ulises atezo el cetro de la palabra fue haciendo más ancho, hasta abarcar a la totalidad de los ciudadanos en la época clásica, más o menos hacia el siglo V antes de cristo. Por fin el Tersites de Atenas, es decir, los artesanos, agricultor, comerciantes, etc…, pudieron hacer oír su voz y tuvieron voto junto al astuto Ulises o el feroz Agamenón.

No voy a ocultarte que desde el comienzo la invención democrática tuvo serios adversarios, tanto en lo teórico como en lo práctico. La verdad es que la democracia se basa en una paradoja que resulta evidente a poco que se reflexione sobre el asunto: todos conocemos más personas ignorantes que sabias y más personas malas que buenas…, luego es lógico suponer que la decisión de la mayoría tendrá más de ignorantes y de maldad que de lo contrarios. Los enemigos de la democracia insistieron desde el primer momento en que fiarse de los muchos es fiarse de los peores .Los más grandes filósofos de Atenas , como Sócrates y sus discípulo Platón, señalaron con agudeza que la gente no suele tener más que conocimientos , basados en observaciones apresuradas de lo cotidiano y en lo que oyen decir a los demás :si se les pregunta que es belleza señalan a una chica guapa o a un chico hermoso, pero no saben en qué consiste el concepto mismo de belleza ni si la del alma es superior a la del cuerpo ;lo mismo ocurre si se les cuestiona sobre el coraje , la justicia o el placer .Ignoran que es el bien y cada cual lo confunden con lo que le gusta o lo conviene …¿cómo van a ser capaces entonces de establecer lo que es verdaderamente bueno para la ciudad? Las asambleas populares son un guirigay en el que cada cual solo quiere hablar y salirse con la suya sin escuchar a los otros .La mayoría de los asuntos importantes de la comunidad , como la economía o los proyectos militares , son difíciles de comprender para los profano :¿Cómo va a valer lo mismo la opinión del general y la del carpintero cuando lo que se esté discutiendo sea la estrategia para defenderse del enemigo? Además , la gente cambia de aparecer cada dos por tres: hoy aborrecen y se indignan contra la idea que les parecía estupenda ayer .A la mayoría se la engaña con facilidad , cualquier sofista o demagogo que dice palabras bonitas es más escuchado que la persona razonable que señala defectos o problemas .Y al que se le engañe , se le compra , porque el vulgo no quiere más que dinero y diversión . Etc, etc… Supongo que muchas de estas objeciones antidemocráticas (todas, me atrevo a decir) te suenan a cosa sabida. Las oyes todos los días formular contra el modesto régimen democrático en el que vives. No vayas a creer que son cosa de hoy, aunque quienes las dicen ahora supongan que han hecho un gran descubrimiento. en realidad , son tan viejas como la democracia misma ,Y con razón , porque la invención democrática es algo demasiado revolucionario para que sea aceptada sin escándalo ..¡No ya en el siglo V antes de cristo, sino ni siquiera a finales del siglo XX! Lo natural es que manden los más fuertes , los más listos , los más ricos ., los de mejor familia , los más buenos , los más santos , los generosos, los que tienen ideas geniales para salvar a los demás , los justos , los puros , los astutos , los… los que quieras ¡pero no todos! Es verdad, que el poder sea cosa de todos que todos intervengan, hablen , voten ,elijan, decidan ,tengan ocasión de equivocarse , intenten engañar o permitan que les engañen ,protesten metan baza …,eso no es cosa natural , sino un invento artificial, una apuesta desconcertante contra la naturaleza y los dioses .Es decir una obra de arte. Los griegos fueron grandes artistas: la democracia fue la obra maestra de su arte, la más arriesgada e inverosímil, la más discutida .El invento de que cada cual tiene derecho en la comunidad a que nadie viva por él , a acertar o engañarse por sí mismo , a ser responsable – aunque sea en una mínima parte – de los éxitos y los desastres que los conciernen .Este sistema no garantiza más ciertos que los habituales cuando manda uno solo o unos pocos ;ni tampoco mejores leyes , ni mayor honradez publica , ni siquiera más prosperidad. Lo único garantizado es que habrá más conflictos y menos tranquilidad (suele decirse que viene de tranca: los despotismo y las tiranías no dejan moverse ni a una mosca) . Pero el griego prefería discutir con sus iguales que someterse a los amos; prefería hacer disparates elegidos por el que disfrutar de aciertos impuestos por otro; quería inventar las leyes de su ciudad y poder cambiarlas si no funcionaban bien, en vez de someterse a los mandamientos inapelables, fueran naturales o divinos. Eran raros y originales, aquellos griegos: pero muy valientes.

El invento democrático, ese círculo en cuyo centro estaba el poder, esa asamblea de voces y discusiones, tuvo como consecuencia que los ciudadanos-los sometidos a isonomía, a la misma ley-se miraran unos a otros. Las sociedades democráticas son más transparentes que las otras, transparentes a veces hasta la incidencia: todos somos espectáculo unos para otros. Los reyes absolutos de la antigüedad vivían en palacios inaccesibles en los que nadie podía entrar sin su permiso: solo aparecían en público rodeados de la mayor majestad, sobrehumano, tieso, y procuraban aparentar estar por encima de las pasiones y necesidades físicas de cualquier hijo de vecino. Los vasallos agachaban la cerviz servilmente a su paso, sin atreverse a levantar la vista. En las sociedades tipo pirámide de las que te he hablado, cada grupo social no conocía el género de vida que llevaban los superiores y no se atrevían a juzgar sus virtudes y sus vicios por el mismo rasero que los de su misma clase. Entre los griegos, en cambio, cada cual estaba pendiente de los demás: las habilidades y los merito no se le daban por supuesto a nadie, sino que tenían que mostrarse…y que demostrarse (, mostrar a los demos, a la gente, a los iguales).Las debilidades y los vicios también eran cosa del dominio público. Por eso tuvo que ser en Grecia donde nacieron los dos espectáculos de masas democráticos por excelencia, inimaginables entre egipcios o persas: el deporte y el teatro.

La competición deportiva es un fruto directo del establecimiento de la igualdad política. Hay dos razones para ello. En primer lugar, como las viejas legitimaciones jerárquicas debidas a la nobleza de sangre, a la elección divina o a la posesión de riquezas habían perdido su vigencia, se hizo preciso inventar otras fuentes de distinción social. Lección importante, sobre la que luego volveremos al hablar de algunos sistemas totalitarios contemporáneos: en una sociedad los individuos pueden ser iguales (política y jurídicamente) pero nunca intercambiables; serán iguales pero no serán lo mismo. Cada grupo necesita tipos humanos que representan la excelencia, dignos de admiración, modelos que encarnen el ideal de vitalidad del modo más pleno (¿recuerdas lo que antes dijimos sobre las sociedades como fábricas de inmortalidad comunal?). Los griegos admiraban el cuerpo humano, su energía y su belleza: las competiciones deportivas sirvieron para establecer la distinción entre los cuerpos y destacar la primacía de los mejores. Iguales si pero distintos no… La segunda razón es que solo los iguales pueden competir entre ellos: si el faraón no se le puede mirar a la cara de tú a tú, menos aún se le podrá echar carrera o un pulso; Nerón organizaba concursos de canto con lira solo para darse el tonto gusto de recibir todos los premios… ¡como si pudieran los jueces atreverse a no dárselos! Tampoco con los dioses se puede competir porque lo normal es que ganen ellos y que además le castiguen a uno por presuntuoso (al pobre sátiro Masías, que intento ganarle en un certamen musical al mismo Apolo, el dios lo despellejo vivo). No, la pugna competitiva exige igualdad humana, reconocimiento mutuo, camaradería en la rivalidad. Ahora se predica mucho (¡los curacas y los aficionados a curas, ya sabes!) contra lo competitivo de nuestra sociedad. Se olvida que la competencia es un índice inequívoco de sociedad democrática, que las sociedades no competitivas están constituidas por castas infranqueables basadas en la sangre o la teología. Para competir con los otros hay que igualarse antes con ellos. Para competir con los otros hay que igualárseles antes con ellos. Para competir con los demás se necesita a los demás: nadie compite solo. Quienes buscan a toda costa tiranizar o exterminar no son más competitivos que los otros: al contrario, lo que quieren es acabar de competir cuanto antes…

El teatro fue el otro transcendental corolario que tuvo la democracia griega. En otras culturas había rituales y ceremonias religiosas que incluían ciertas formas de representación simbólica, pero fue Grecia donde por primera vez los hombres convirtieron en espectáculos las pasiones y emociones puramente humanas… aunque los dioses intervinieran de vez en cuando en los conflictos. Como te digo, se miraban unos a otros y veían sus diferencias dentro de la igualdad política: ¡gracias a que se trataban como iguales se dieron cuenta de los diferentes que son unos individuos de otros! Los hay ridículos por su fanfarronería, su codicia, su petulancia; otros son astutos y mentirosos; algunos (y algunas) no piensan más que en follar con sus vecinos (o vecinas), recurriendo a todo tipo de estratagemas; hay comerciantes estafadores, hijos gamberros, padres autoritarios…

No creas que aquellos atenienses tenían una opinión sublime a unos de otros: se miraban, se veían los defectos o los exageraban, se reían unos de otros. Como colegas, ya te digo. En la tragedia, representaban a aquellas personas poseídas por una pasión tan absoluta que se les hacía olvidarse de todo lo demás… y de todos los demás. Personajes que tienen razón, pero solo parte de la razón (siempre hay otras razones en la democracia, las de los otros), aunque ellos creen tenerla toda. El coro trágico (que representa al pueblo, a los demás, la voz de los otros) procura que el héroe trágico se modere, que escuche recomendaciones, que pacte y que transija, que no se deje llevar por su pasión hasta el final. Cuando no lo logra, la tragedia acaba en desastre (pero no todas las tragedias acaban : recuerda la Orestia), porque alguien absolutiza su pasión más allá de lo humano, como si no fuera igual a los demás y por tanto no debería tener en cuenta otros deseos y opiniones que los propios. Reírse del prójimo y temblar ante los excesos de los que somos capaces es reírse de uno mismo y temblar ante uno mismo. El teatro nació como un instrumento de reflexión democrática sobre el individuo que, más allá de los dioses y de la naturaleza, tiene que ser capaz de gobernarse a sí mismo. Lo cual nos lleva, como ya supongo que estarás deseando, a tomarnos un respiro y pasar al próximo capítulo.

Vete leyendo…

“Cuando encontraban a un hombre del pueblo gritando, Ulises le daba con el cetro y le increpaba de esta manera:” ¡Desdichado! Estate quieto y escucha a los que aventajan en bravura; tu, débil e inepto para la guerra, no eres estimado ni en el combate ni en el consejo. Aquí no todos los aqueos podemos ser reyes; ni es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea príncipe; uno solo rey: aquel a quien el hijo del artero Cronos ha dado cetro y leyes para que reine sobre nosotros” (Homero, Ilíada).

Muchas son las cosas asombrosas pero nada más asombroso que el hombre. (…) Posee el habla y el pensamiento rápido como el viento y todas las restantes mañas con las que se puede organizar una ciudad. (…) Penetrante hasta más allá de lo que caprichosamente podríamos soñar es su fértil habilidad, sea para el bien o sea para el mal. Cuando honra las leyes de su país y mantiene la justicia que a jurado ante los dioses respetar, se yergue orgullosamente en la ciudad; pero no tiene ciudad quien, atolondradamente, se enfanga en el delito (Sófocles, Antígona).

La polis se diferencia de la familia en que aquella solo conocía “iguales”, mientras que la segunda era el centro de la más estricta desigualdad. Ser libre significaba no estar sometido a la necesidad de la vida ni bajo el mando de alguien y no mandar sobre nadie, es decir, no gobernar ni ser gobernado. Así pues, dentro de la esfera doméstica, la libertad: ser libre era serlo de la desigualdad presente en la gobernación y moverse en una esfera en la que no existía gobernantes ni gobernados (H. Arendt, La condición humana).

El concepto griego de libertad no se extendía más allá de la comunidad misma: la libertad para sus propios miembros no implicaba ni la libertad legal (civil) para los otros residentes en la comunidad, ni la libertad política para los miembros de otras comunidades sobre las cuales se tenía poder (M. I. Finley, Democracia antigua y democracia moderna).

Fernando Savater, Política para amador, Ariel, 1997.
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Acerca de Luis Acuña Leal

Profesor de Religión y Filosofía
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